Un estudio genético publicado en los últimos años sacudió algunas suposiciones sobre la excepcionalidad humana: somos sorprendentemente similares no solo al resto de nuestra especie, sino a prácticamente todas las demás especies animales.
Jesse Ausubel, director del Programa para el Medio Ambiente Humano en la Universidad Rockefeller, lo expresó con una imagen memorable: si un marciano llegara a la Tierra y comparara una bandada de palomas con una multitud de humanos, no encontraría mayor diversidad genética en uno que en otro, al menos según el ADN mitocondrial —ese código que las madres transmiten de generación en generación.
El investigador Stoeckle, parte del mismo estudio, señaló algo que contradice la intuición: a pesar de tener una población enorme y estar distribuidos por todo el planeta, los humanos resultan ser bajos en promedio en diversidad genética mitocondrial. No somos la excepción biológica que muchos imaginan. Somos, en palabras de Ausubel, "como los pájaros".
Lo que los Reveladores ya lo dijeron:
Esta conclusión científica, la "ausencia de excepcionalismo humano" a nivel biológico, rencaja de manera notable con lo que los autores del Libro de Urantia expusieron hace décadas.
El documento 9 establece sin rodeos que "el intelecto humano está enraizado en el origen material de las razas animales" (9:5.5). No es una afirmación para humillarnos sino una descripción honesta de nuestra doble naturaleza .
El documento 63 añade que "el hombre desciende de animales entregados a la lucha" (63:4.9), lo cual explica muchas de las tensiones que observamos en la conducta humana colectiva e individual. Y el documento 49 nos recuerda que, en última instancia, todos los mortales de dignidad volitiva son "animales erectos, bípedos" (49:4.1).
Entonces, ¿en qué somos distintos?
Nuestra diferencia no está en el ADN. Está en otra dimensión completamente.
Rodán de Alejandría dijo que la única diferencia real entre el hombre y el animal es que el hombre puede comunicarse mediante símbolos que designan significados, valores e ideales (160:2.1). El animal transmite señales; el hombre transmite significado.
El documento 16 lo refuerza: "La mentalidad del hombre trasciende en mucho la de sus primos animales, pero es su naturaleza moral y religiosa la que le distingue del mundo animal" (16:7.1).
Y quizás el pasaje más profundo sobre esta tensión es el del documento 34:
"En todo mortal existe una naturaleza dual: la herencia de tendencias animales y el impulso elevado de la dotación espiritual. Durante la corta vida que vosotros vivís en Urantia, estos dos impulsos diversos y opuestos difícilmente pueden reconciliarse plenamente... pero a lo largo de vuestra vida, el Espíritu combinado no cesa jamás de ministrar para ayudaros a someter cada vez más la carne a la guía del Espíritu." (34:6.9)
La genética nos devuelve una imagen que incomoda al antropocentrismo, que somos profundamente animales en nuestra biología. Pero el Libro de Urantia no nos deja ahí. Reconocer nuestra animalidad no es la conclusión final del argumento es el punto de partida. Sobre esa base animal se levanta algo que no tiene paralelo en ninguna otra especie conocida, la capacidad de buscar a Dios, de formular ideales, de transformar la experiencia en sabiduría.
"No somos excepcionales por nuestro ADN. Somos excepcionales por lo que elegimos hacer con él."
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