El Libro de Urantia está repleto de frases filosóficas elevadas, y entre ellas abundan las analogías. Tomemos una de las más simples: "No hay pollito sin cáscara, pero el cascarón ya no vale nada una vez que sale el pollito." (48:6.32)
Una analogía no pretende ser un hecho científico. Su función es tomar algo concreto y familiar, como el ciclo del huevo, para iluminar algo abstracto, que ciertas estructuras sirven de soporte temporal, no de fin en sí mismas. El valor está en la experiencia que se está representando, no en el proceso biológico que se está describiendo.
Pero el camino potencial hacia el dogma es sorprendentemente corto.
El proceso suele ocurrir así, un lector literalista, en algún momento, leerá esa línea y la elevará al rango de verdad revelada y científica. Si alguien le señala que la afirmación es biológicamente imprecisa —que los cascarones sí tienen valor tras la eclosión, como fuente de calcio— la respuesta no será reconsiderar lo que cree, sino defenderlo de forma intransigente. La interpretación deja de ser una herramienta de comprensión y se ha convertido en un artículo de fe.
Esto hace evidente algo importante sobre la naturaleza del dogma, que no nace del contenido, sino del modo de lectura. Una analogía poética se vuelve dogma no porque cambie, sino porque el lector decide leerla como si fuera otra cosa. El texto permanece igual; lo que se transforma es la actitud ante él.
El problema no fue la analogía. El problema fue confundir el cascarón con el pollito.
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