Veremos ahora la conferencia en Urmia de Jesús sobre la autoridad religiosas y Dios (del documento 134), pero no sin antes ver el contexto y lugar donde se produce dicha conferencia:
Este templo había sido construido por un rico mercader, ciudadano de Urmia, y sus tres hijos. Este hombre se llamaba Cimboitón, y sus antepasados provenían de muchos pueblos distintos.
Las conferencias y discusiones comenzaban en esta escuela religiosa a las 10:00 de la mañana. Las sesiones de la tarde comenzaban a las 3:00, y los debates nocturnos se iniciaban a las 8:00 de la noche. Estas sesiones de enseñanza, discusión y debate eran presididas siempre por Cimboitón o por uno de sus tres hijos. El fundador de esta escuela religiosa tan singular vivió y murió sin divulgar jamás sus creencias religiosas personales.
Varias veces participó Jesús en estas discusiones, y antes de que partiera de Urmia, Cimboitón acordó con Jesús que, durante su viaje de regreso, se hospedara con ellos dos semanas, dictara veinticuatro conferencias sobre «la fraternidad de los hombres», y dirigiera doce sesiones nocturnas de preguntas, discusiones y debates sobre sus conferencias en particular, y sobre la fraternidad de los hombres en general.
Conforme a este acuerdo, Jesús se detuvo en Urmia en su viaje de regreso y dictó las conferencias. Fue ésta la más formal y sistemática de las enseñanzas del Maestro en Urantia. Nunca antes ni después dijo tantas cosas sobre el mismo tema como en estas conferencias y discusiones sobre la fraternidad de los hombres. En realidad, tales conferencias fueron sobre el «Reino de Dios» y los «Reinos de los hombres».
Más de treinta religiones y cultos religiosos estaban representados en el cuerpo docente del templo de filosofía religiosa. Los profesores eran elegidos, mantenidos y plenamente acreditados por sus respectivos grupos religiosos. Por esta época, el cuerpo docente constaba aproximadamente de setenta y cinco profesores, los cuales vivían en cabañas con espacio para unas doce personas cada una. Durante la luna nueva se echaba la suerte para cambiar los grupos. La intolerancia, un espíritu pendenciero u otro rasgo que pudiera interferir con el funcionamiento apacible de la comunidad, daba lugar al despido inmediato y sumario del responsable. Éste era despedido sin ceremonia, y el suplente tomaba inmediatamente su puesto.
Estos maestros de religiones diferentes hacían un gran esfuerzo por mostrar cuán semejantes eran sus religiones en cuanto a los aspectos fundamentales de esta vida y de la próxima. Para obtener una cátedra en esta facultad bastaba que aceptase una doctrina —cada uno de los maestros debía representar una religión que reconociera a Dios— o algún tipo de Deidad suprema. En el cuerpo docente había cinco maestros independientes, que no representaban a una religión organizada, y como tal compareció Jesús ante ellos.
La fraternidad de los seres humanos está fundamentada en la paternidad de Dios. La familia de Dios se deriva del amor de Dios —Dios es amor. Dios el Padre ama a sus hijos con un amor divino, a todos ellos.
El reino del cielo, el gobierno divino, se basa en el hecho de la soberanía divina: Dios es espíritu. Puesto que Dios es espíritu, este reino es espiritual. El reino del cielo no es material ni meramente intelectual; es un enlace espiritual entre Dios y el hombre.
Si las diferentes religiones reconocen la soberanía espiritual de Dios el Padre, todas estas religiones permanecerán en paz. Sólo cuando una religión supone que es, de alguna manera, superior a todas las otras y que posee autoridad exclusiva sobre las otras, dicha religión resulta ser intolerante con las otras religiones o se atreve a perseguir otros creyentes religiosos.
La paz religiosa —la fraternidad— no puede existir a menos que todas las religiones estén dispuestas a despojarse completamente de toda autoridad eclesiástica, y a renunciar plenamente a todo concepto de soberanía espiritual. Sólo Dios es el soberano espiritual.
No es posible que exista igualdad entre las religiones (libertad religiosa) sin guerras religiosas, a menos que todas las religiones consientan en transferir toda soberanía religiosa a un nivel sobrehumano, a Dios mismo.
Dios es espíritu, y Dios dispensa un fragmento de su ser espiritual para que habite en el corazón del hombre. Espiritualmente, todos los hombres son iguales. El reino del cielo no reconoce castas, clases, niveles sociales ni grupos económicos. Todos vosotros sois hermanos.
Pero en cuanto perdáis de vista la soberanía espiritual de Dios el Padre, alguna religión comenzará a afirmar su superioridad sobre las otras religiones; entonces, en lugar de paz en la tierra y buena voluntad entre los hombres, habrá desacuerdo, recriminaciones, e incluso guerras religiosas, o por lo menos, guerras entre los religiosos.
Los seres que gozan de libre albedrío y que se consideran iguales, a menos que se reconozcan mutuamente como súbditos de una soberanía superior, de una autoridad que está por encima de todos ellos, tarde o temprano caen en la tentación de probar su capacidad para imponer su poder y autoridad sobre otras personas y grupos. El concepto de igualdad no conduce nunca a la paz, a menos que exista un reconocimiento mutuo de una influencia rectora de soberanía superior.
Los religiosos de Urmia vivían juntos en relativa paz y tranquilidad, porque habían renunciado completamente a toda noción de soberanía religiosa. Espiritualmente, todos ellos creían en un Dios soberano; socialmente, la autoridad plena e indiscutible residía en su presidente —Cimboitón. Todos sabían qué le pasaría al maestro que tuviera la presunción de dominar a sus colegas. No puede haber una paz religiosa duradera en Urantia hasta que todos los grupos religiosos renuncien libremente a toda noción de favor divino, de pueblo elegido y de soberanía religiosa. Sólo cuando se conciba a Dios el Padre como supremo, podrán los hombres llegar a ser hermanos religiosos, y a vivir juntos en paz religiosa sobre la tierra.
* * *
Ahora miremos un tiempo después, el destino de esta escuela de Urmia y los encargados de destruir la paz que reinaba:
"Después de la muerte de Cimboitón, sus hijos encontraron grandes dificultades para mantener la paz en el cuerpo docente. Las repercusiones de las enseñanzas de Jesús habrían sido mucho más grandes si los maestros cristianos que posteriormente se unieron al cuerpo docente de Urmia, hubieran manifestado más sabiduría y ejercido más tolerancia."
"El hijo mayor de Cimboitón recurrió a Abner en Filadelfia, para que le ayudara; pero desafortunadamente los maestros que Abner eligió resultaron ser de carácter rígido e intransigente. Estos maestros procuraban hacer que su religión dominara sobre todas las otras creencias. Jamás sospecharon que las tan mentadas conferencias del conductor de caravanas habían sido dictadas por Jesús mismo."
"Al aumentar la confusión dentro del cuerpo docente, los tres hermanos retiraron su apoyo financiero, y al cabo de cinco años esta academia fue cerrada."
Un Melquizedek de Nebadon sabiamente nos advierte (documento 92):
"Las muchas religiones de Urantia son todas buenas en cuanto llevan al hombre hacia Dios y traen la comprensión del Padre al hombre. Es un error para cualquier grupo de religiosos concebir que su credo sea La Verdad; esa actitud habla más de arrogancia teológica que de certidumbre en la fe. No existe religión en Urantia que no pudiera aprovechar el estudio y asimilar lo mejor de las verdades contenidas en cada una de las otras creencias, porque TODAS contienen verdades. Los religiosos harían mejor en pedir prestado lo mejor de la fe espiritual viva de sus vecinos en vez de denunciar lo peor en las supersticiones y los ritos desgastados."
"Todas estas religiones han surgido como resultado de la respuesta variable intelectual del hombre a su idéntica guía espiritual. No pueden esperar jamás obtener uniformidad de credos, dogmas y ritos —éstos son valores intelectuales; pero sí pueden —y algún día van a— lograr la unidad en la verdadera adoración del Padre de todos, porque esto es espiritual, y es por siempre verdad que en espíritu todos los hombres son iguales."
Conclusiones finales:
Jesús, en su enseñanza en la escuela de Urmia, se presentaba con una actitud de igualdad y humildad ante sus hermanos, sin pretender imponer sus ideas ni establecerse como una autoridad absoluta. Su enfoque era compartir verdades desde su perspectiva, ofreciendo una visión renovada y efectiva que enriquecía las creencias ya existentes en la comunidad. Su discurso sobre la religión se centraba en un mensaje transformador: la necesidad de alcanzar la unidad religiosa al desterrar de nuestras mentes la idea tóxica de superioridad espiritual o moral. Jesús enfatizaba que todos, sin excepción, estamos bajo la soberanía de Dios, y que ningún grupo o individuo puede proclamarse como el representante exclusivo de Dios o del reino en Urantia (la Tierra). Su mensaje buscaba fomentar una hermandad genuina, basada en el reconocimiento de nuestra igualdad espiritual ante el Creador del Universo.
Sin embargo, el relato también nos muestra un contraste significativo con las acciones de los seguidores de Jesús, quienes, a diferencia de su maestro, llegaron con una mentalidad opuesta. Estos "fans de Jesús" se presentaron con la convicción de poseer la Verdad divina absoluta, considerándose a sí mismos como los portadores exclusivos de la voluntad de Dios. En lugar de seguir el ejemplo de Jesús, quien promovía la conexión y el respeto mutuo, estos seguidores terminaron haciendo lo que Jesús nunca hizo: imponer sus propias teologías y escatologías como las únicas válidas y definitivas. No solo se limitaron a establecer sus creencias como superiores, sino que también difundieron la idea de que la salvación solo podía encontrarse a través de Cristo, excluyendo otras perspectivas espirituales. En este proceso, perdieron de vista el núcleo del mensaje de Jesús —el amor incondicional hacia los hermanos— y cayeron en un celo religioso que los llevó a priorizar la "salvación de almas" (amar las almas) por encima del amor y la comprensión hacia las personas (amar las personas). 191:5:3 (2043.1) Os envío, no para que améis las almas de los seres humanos, sino más bien para que améis a los seres humanos.
Jesús ofrece una lección profunda y relevante para las comunidades religiosas de hoy dia. Nos invita a reflexionar sobre cómo las actitudes de superioridad y exclusivismo pueden distorsionar incluso los mensajes más puros, como el de Jesús, y fragmentar la unidad que él buscaba promover. Es un recordatorio de que este tipo de dinámicas no solo han ocurrido en el pasado, sino que pueden estar ocurriendo en la actualidad entre grupos y comunidades religiosas modernas que, en su afán de defender "la verdad", terminan alejándose del amor y la hermandad que deberían ser el fundamento de toda práctica espiritual.
Este suceso debe servir como una advertencia y una oportunidad para mejorar nuestras formas de compartir tanto la revelación espiritual como el mensaje universal de Jesús con el mundo. Nos llama a adoptar una postura de humildad, apertura y respeto hacia las creencias de los demás, evitando caer en la trampa del dogmatismo o la imposición hostil. En lugar de buscar la uniformidad teológica, debemos enfocarnos en los principios esenciales que Jesús enseñó: la hermandad, el amor mutuo y la conexión espiritual bajo la soberanía de un Dios que no discrimina ni excluye. Al hacerlo, podemos contribuir a un crecimiento espiritual colectivo que honre la diversidad de creencias, la imaginación creativa y fomente una verdadera unidad en la fe idealista.
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