El problema del desagrado como argumento
Libro de Urantia 100:3.2 "Lo que place o disgusta a la humanidad no determina el bien o el mal; los valores morales no surgen de la satisfacción de los deseos ni de la frustración emocional."
El simple "me desagrada" no tiene poder político ni moral. Nadie tiene derecho a prohibir algo solo porque le provoca repulsión. Los filósofos llaman a esto el argument from disgust o argumento del asco, considerado una falacia lógica ampliamente documentada. El jurista y filósofo Martha Nussbaum lo desarrolla extensamente en su obra Hiding from Humanity: Disgust, Shame, and the Law (2004), donde demuestra que históricamente el asco también sirvió para justificar el racismo, la segregación racial y la discriminación contra la mujer. El asco, argumenta Nussbaum, nunca ha sido un fundamento moral válido, sino un mecanismo de exclusión social.
Por qué los niños son el escudo perfecto
Ante esa debilidad argumentativa, los niños se convierten en el recurso más eficaz, porque:
- Generan empatía universal e inmediata
- Hacen que quien los cuestione parezca el villano
- Desplazan el debate del terreno personal al terreno moral colectivo
- Son el único argumento capaz de convertir una preferencia privada en política pública
Este mecanismo ha sido estudiado por el sociólogo Philip Jenkins en Moral Panic: Changing Concepts of the Child Molester in Modern America (1998), donde analiza cómo la figura del niño en peligro ha sido históricamente instrumentalizada para movilizar pánico moral contra grupos que una sociedad quiere marginar, independientemente de la evidencia real de daño.
La ironía central: los niños no nacen con esos prejuicios
Precisamente lo que la investigación psicológica demuestra contradice el argumento. Los estudios del psicólogo Henri Tajfel sobre identidad social y los trabajos posteriores de Rebecca Bigler y Lynn Liben (Developmental Intergroup Theory, 2007) muestran que los niños pequeños no nacen con prejuicios étnicos, religiosos ni de orientación sexual: los aprenden del entorno adulto. La homofobia, el racismo y la xenofobia son construcciones sociales transmitidas, no instintos de protección infantil. Cuando se dice "proteger a los niños", en muchos casos lo que se busca es transmitirles las propias aversiones antes de que el niño desarrolle criterio propio, lo cual invierte completamente la lógica protectora que se proclama.
La Biblia como segundo escudo
El recurso a la autoridad religiosa funciona de manera idéntica: convierte una preferencia personal en mandato divino, dándole una trascendencia que el simple "me molesta" nunca tendría. El teólogo Peter Gomes de la Universidad de Harvard, él mismo cristiano y gay, señaló en The Good Book: Reading the Bible with Mind and Heart (1996) que la selección de versículos (mal traducidos y torcidos) aplicables revela que la autoridad real no es el texto sagrado, sino la postura preexistente de quien lo cita. La Biblia se convierte así en un espejo que refleja lo que ya se cree, no en una fuente de donde se extrae la creencia.
Conclusión: la falta de honestidad intelectual
Lo que subyace a todo esto es una falta de honestidad intelectual. Si el argumento real fuera "me desagrada y prefiero no verlo", sería al menos sincero, aunque moralmente insuficiente para justificar restricciones sobre otros. Pero al escudarse en los niños y en Dios, se evita tener que defender lo que realmente se siente, y se transforma un prejuicio personal en cruzada moral. Los niños no son protegidos por ese argumento: son usados por él.
Libro de Urantia 111:4.9 (1220.8) ¿Cómo puede una imaginación creativa producir niños valiosos si el escenario sobre el que actúa ya está atiborrado de prejuicio, odio, temores, resentimientos, venganza e intolerancias?
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