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domingo, 4 de octubre de 2026

¿Libertad de expresión? ¿Decir la verdad?

 


Una frase que se ha vuelto un escudo

Basta recorrer cualquier red social para toparse con la fórmula: «Yo soy directo, digo las cosas como son. Si te ofende, es tu problema». Es una consigna que no pertenece a ningún bando. La usa el ateo militante que ridiculiza al creyente «por su propio bien». La usa el cristiano que condena con dureza y lo llama «amor firme». La usa el espiritualista que despacha al que sufre con un «es tu karma» o «tú atraes lo que vives». Cambian el vocabulario y el blanco, pero el mecanismo es igualito: primero se declara que lo dicho es «la verdad», y con eso se da por cancelada cualquier obligación de cuidar cómo se dice, a quién y para qué.

Conviene decirlo sin rodeos: la verdad importa, y la honestidad es una virtud. El problema no es decir cosas incómodas. El problema es que muchas veces lo que se vende como «verdad dura» es, en realidad, autoexpresión sin frenos envuelta en un ropaje noble.

Lo que dice el Libro de Urantia

El Libro de Urantia es claro sobre esta confusión entre libertad y desenfreno:

«La autovoluntad sin frenos y la autoexpresión no regulada se igualan al egoísmo sin mitigación, la ausencia máxima de santidad. La libertad sin una conquista asociada y creciente del yo es una invención de la imaginación mortal egoísta.» (54:1.5)

Fíjate en la expresión «autoexpresión no regulada». El texto no condena la expresión, sino la que carece de regulación, la que no pasa por el filtro del autodominio. Y añade la frase decisiva: la libertad auténtica va acompañada de una «conquista creciente del yo». Quien presume de «decir lo que piensa sin filtro» suele presentar como virtud precisamente lo contrario de esa conquista: la renuncia a gobernarse a sí mismo.

El propio Revelador advierte que «la libertad automotivada es una ilusión conceptual, una cruel decepción», y que el libertinaje que se disfraza de libertad «es el precursor de la esclavitud abyecta». La paradoja es real. Quien no puede contener su lengua es esclavo de su impulso, de su ego herido o de su necesidad de ganar la discusión. Y se cree libre.

La Verdad sin sabiduría: la lección de Dalamatia

Otro pasaje ilumina el problema desde un ángulo distinto, el de la pedagogía de la verdad. Los maestros de Dalamatia procuraron acelerar la evolución social, pero:

«Su motivo fue la progresión mediante la evolución y no la revolución mediante la revelación.» (66:6.6)

Estos seres superiores sabían que no convenía quitarle a la humanidad sus escasos avances morales y religiosos, porque «se produce confusión y consternación» cuando los seres iluminados intentan elevar a los atrasados con «excesiva erudición e iluminación». El ejemplo que sigue es por demas, elocuente: los misioneros que en África pretenden suplantar en una sola generación la autoridad paterna tradicional «sólo ocasionan confusión y la desintegración de toda autoridad» (66:6.7).

Aquí hay una enseñanza que el «verdadero-dicente» moderno ignora: tener razón no basta; hay que considerar la capacidad de quien escucha para recibirla. Una verdad arrojada de golpe, sin preparación ni respeto por el proceso del otro, no ilumina: desintegra. Los propios maestros de Dalamatia, con todo su conocimiento superior, eligieron la paciencia de la evolución sobre el estallido de la revolución. Si ellos se contuvieron, ¿con qué derecho nos creemos dispensados de hacerlo nosotros?

La psicología detrás del «yo soy sincero»

Desde la psicología moderna hay varias cosas que decir sobre esta tendencia.

1. La crueldad suele tener motivaciones que poco tienen que ver con la verdad. La investigación sobre comunicación interpersonal distingue entre el asertivo y el agresivo. El asertivo defiende su postura respetando al otro; el agresivo busca imponerse o descargar tensión. Muchos de quienes se declaran «brutalmente honestos» descargan frustración, afirman su estatus o buscan la validación de su grupo. La verdad es un mero pretexto, no el verdadero motivo.

2. Es una defensa narcisista socialmente aceptable. Declararse portador de «verdades incómodas» coloca a uno en una posición de superioridad moral. Quien se ofende queda automáticamente descalificado («no soporta la verdad»), lo cual blinda al hablante frente a toda crítica. Es una estructura inmune a la autocorrección, justo lo contrario de la «conquista del yo».

3. El tono determina si el mensaje se recibe. Los estudios sobre persuasión y sobre el llamado «efecto rebote» muestran que las personas atacadas tienden a atrincherarse más en sus creencias, no a revisarlas. La dureza raramente convence; casi siempre endurece. Si el objetivo real fuera que el otro viera la verdad, la agresión sería, además de poco ética, ineficaz.

4. La honestidad madura integra empatía. Carl Rogers hablaba de la congruencia como autenticidad acompañada de aceptación positiva incondicional. Ser auténtico no significa verter todo lo que uno siente; significa estar en contacto con lo que uno siente y responsable de lo que hace con ello.

Tres versiones del mismo error

El ateo «racionalista». Se cree defensor de la razón frente a la superstición, pero cuando la burla sustituye al argumento, ya no defiende la razón: defiende su ego con vocabulario científico. Ridiculizar a una persona no refuta su creencia; solo demuestra que uno prefiere ganar a comprender.

El cristiano «celoso». Cita la dureza de ciertos pasajes para justificar la suya, olvidando que el mismo Nuevo Testamento pide «hablar la verdad en amor» (Efesios 4:15). Cuando se omite la segunda mitad de la frase, lo que queda no es una profecía, es agresión con bendición. El Libro de Urantia presenta a Jesús como el que enseñaba con firmeza pero siempre con comprensión del individuo concreto que tenía delante.

El espiritualista «iluminado». Aquí la agresión se disfraza de compasión: «Tu dolor es una ilusión», «si sufres es porque no has elevado tu vibración». Es una crueldad más sutil, porque culpa a la víctima y se protege tras un lenguaje sereno. Es la «excesiva iluminación» de 66:6.6, entregada sin sensibilidad al estado real de quien la recibe.

Entonces, ¿se acabó la franqueza?

De ninguna manera. Lo que propongo es un examen previo antes de decir «la verdad dura», con cuatro preguntas sencillas:

  1. ¿Es realmente verdad, o es mi opinión presentada como hecho? Mucha «dureza» ni siquiera pasa este primer filtro.
  2. ¿Qué busco con esto? ¿Ayudar, corregir, o desahogarme y sentirme superior?
  3. ¿Puede el otro recibirlo ahora, de esta manera? La lección de Dalamatia: el ritmo importa.
  4. ¿Lo diría igual si el otro fuera alguien a quien amo? Si la respuesta es no, probablemente no era honestidad, era desprecio.

Conclusión

La libertad de expresión es un derecho valioso, pero un derecho no es un deber ni una virtud. Que algo pueda decirse no significa que deba decirse así. Los Reveladores del Libro de Urantia nos recuerdan que la libertad verdadera crece junto con el dominio de uno mismo; sin él, lo que llamamos libertad es el preludio de una esclavitud: la de nuestros impulsos, nuestro orgullo y nuestra necesidad de tener razón.

Decir la verdad exige dos cosas: valor para decirla y sabiduría para decirla bien. La tendencia moderna ha convertido lo primero en espectáculo y ha olvidado lo segundo. Recuperarlo es, quizás, uno de los actos más contraculturales de nuestro tiempo.


Apéndice: la puerta cerrada y la llave (Rodán de Alejandría, 160:3.4)

Hay una cita del Libro de Urantia que cae como anillo al dedo en este asuntio. Pertenece a las conversaciones de Rodán de Alejandría con los apóstoles, y es notable porque quien habla no es un pacifista ingenuo, sino alguien que admite que hay momentos en los que hay que pelear:

«Mi filosofía me dice que hay épocas en las que debo pelear, si hace falta, para defender mi concepto de la rectitud, pero no dudo de que el Maestro, con un tipo de personalidad más madura, ganaría fácil y elegantemente una victoria igual mediante su técnica superior y cautivante de tacto y tolerancia.» (160:3.4)

Primera lección: la firmeza no está en cuestión, el método sí

Rodán no renuncia a defender lo que considera justo. Reconoce que existen causas por las que vale la pena luchar. Esto desactiva de entrada el malentendido más común de este tema: nadie está diciendo que haya que callar, ceder o diluir las convicciones. La pregunta es cómo se defiende la verdad.

Y aquí viene el contraste que da título a su reflexión: la misma victoria puede alcanzarse por dos caminos, el del combate y el de «tacto y tolerancia». Rodán admite con humildad que el segundo es propio de una personalidad más madura. Dicho de otro modo, la dureza no es señal de mayor convicción; muchas veces es señal de menor madurez.

Segunda lección: cuando todos pierden

«Demasiado frecuentemente, cuando luchamos por lo bien, ocurre que tanto el vencedor como los vencidos han sido derrotados.»

Esta frase describe lo que ocurre en la mayoría de los debates digitales. Alguien «gana» la discusión humillando al otro, y el resultado es un vencido resentido, un vencedor que se ha endurecido y un público que aprende que así se gana y se conversa. Se ganó el argumento y se perdió la persona. La «verdad dura» que destruye la relación y cierra el oído del otro es una victoria pírrica: tuvo razón, pero no logró nada.

Tercera lección: la puerta y la llave

«El hombre sabio, cuando trata de entrar por una puerta cerrada, no destruye la puerta sino que busca la llave para abrirla.»

Es quizás la imagen más potente que nos deja Jesús. Cada persona con la que discutimos es, en cierto modo, una puerta cerrada: tiene sus defensas, su historia, sus miedos, las razones (buenas o malas) por las que cree lo que cree. El «verdadero-dicente» moderno hace lo que hace el que derriba la puerta a golpes: confunde la fuerza con la eficacia. Pero una puerta destruida no deja entrar a nadie; deja un hogar dañado y a alguien que, con razón, se pone a la defensiva.

El sabio, en cambio, pregunta: ¿qué llave abre a esta persona? Quizás sea una pregunta, una experiencia compartida, un punto en común, un poco de reconocimiento antes de la objeción. Buscar la llave exige algo que la agresión nunca exige: interés genuino por el otro. Y ese interés es, precisamente, lo que separa al que quiere ayudar del que solo quiere ganar.

Cuarta lección: el miedo disfrazado de valentía

Rodán cierra con una observación psicológicamente aguda:

«Demasiado frecuentemente nos embrollamos en una lucha sólo para convencernos de que no tenemos miedo.»

Esta es la clave de lectura más incómoda para quien se enorgullece de su «franqueza brutal». Muchas veces la agresividad no nace del un verdadero coraje, sino de lo contrario, del temor a que nuestras creencias no resistan el cuestionamiento, del miedo a parecer débiles, de la inseguridad que necesita demostrarse a sí misma que está bien. La psicología moderna lo reconoce bien, la hostilidad es con frecuencia una defensa contra la vulnerabilidad. El que está realmente seguro de lo que sabe puede permitirse ser amable, escuchar y esperar, porque no necesita que cada conversación confirme su valor.

El maestro nos recuerda en el 146:3.2:

«La auténtica y genuina certidumbre interna nada teme del análisis externo ni resiente la verdad de la crítica honesta. No olvidéis que la intolerancia es la máscara que oculta secretas incertidumbres sobre la verdad de las creencias de uno. Ningún hombre nunca se molesta por la actitud de su prójimo, si tiene absoluta confianza en la verdad de lo que cree de todo corazón. El coraje es confianza en la total honestidad de lo que profesamos creer. Los hombres sinceros no temen el examen crítico de sus convicciones firmes e ideales nobles».»

Esto conectaria directamente con 54:1.5: la «conquista del yo» incluye conquistar también ese miedo intolerante escondido que nos empuja a pelear para sentirnos fuertes.

Cómo encaja todo

Si lo unimos con lo anterior, el cuadro queda completo:

  • 54:1.5 nos dice que la autoexpresión sin regular es egoísmo, no libertad.
  • 66:6.6-7 nos enseña que la verdad entregada sin considerar la capacidad del receptor genera confusión y desintegración.
  • 160:3.4 nos muestra el método superior: el tacto y la tolerancia del Maestro, la llave en lugar del ariete, y la sospecha sana de que nuestra necesidad de pelear quizá esconda miedo.
  • 146:3.2 nos revela que la intolerancia es una mascara que oculta miedos e incertidumbres sobre nuestras propias creencias e ideologías.

El resultado es una ética de la comunicación muy distinta de la que hoy se aplaude, no la del que «dice las cosas como son» y se queda tranquilo, sino la del que se pregunta, antes de hablar, qué llave abre esta puerta.

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