Existe una confusión profundamente arraigada en muchas tradiciones religiosas sobre lo que significa ser santo. Durante siglos, la santidad cristiana ha sido reducida, en gran parte, a una cuestión de pureza sexual: el celibato, la abstinencia, la mortificación del cuerpo. En sus distintas denominaciones, la autoabnegación se ha convertido en el emblema de la espiritualidad avanzada. Pero esta comprensión, por muy extendida que esté, es incompleta y en muchos sentidos, distorsionada.
La verdadera santidad no radica en lo que uno suprime, sino en lo que uno expresa: misericordia, comprensión y autocontrol genuino.
La pureza que Jesús enseñó
Cuando Jesús proclamó «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios», no estaba dando una conferencia sobre moralidad sexual conservadora. El Libro de Urantia lo aclara con una precisión notable:
"La pureza espiritual no es una cualidad negativa, salvo en que carece de sospecha y de venganza. Al hablar de la pureza, Jesús no tenía la intención de tratar exclusivamente las actitudes humanas relacionadas con el sexo. Se refería más a esa fe (confianza) que el hombre debe tener en su semejante; esa fe que tiene un padre en su hijo, y que le permite amar a sus semejantes así como un padre los amaría."
— 40:5.12
Esto cambia radicalmente el marco. La "limpieza de corazón" no es ausencia de impulsos, sino presencia de confianza. Es la capacidad de relacionarse con los demás sin cinismo, sin sospecha, sin el deseo de venganza. Es el amor paternal: orientado siempre hacia lo mejor en el otro, sin malcriarlo ni condonar el mal, pero fundamentalmente generoso en su interpretación de la conducta ajena.
La ley real: Ser perfectos como el Padre
La verdadera norma espiritual no es la represión, sino la perfección en el sentido más elevado del término. Jesús lo resumió así: "Sed perfectos como yo soy perfecto". Y esa perfección, encarnada en la carne humana, se traduce en una sola dirección:
"Vosotros sois los hijos de Dios; aún más, sois ahora los embajadores del reino de mi Padre. Sed misericordiosos, así como Dios es misericordioso, y en el eterno futuro del reino seréis perfectos, así como vuestro Padre celeste es perfecto."
— 140:3.16
El estándar no es la austeridad. Es la misericordia. No es cuánto sufres, sino cuánto comprendes. No es si controlas tu cuerpo mediante privación, sino si has conquistado el yo interior —el egoísmo, el cinismo, la necesidad de prejuzgar, juzgar injustamente y de castigar.
El verdadero enemigo: El yo sin frenos
Aquí el Libro de Urantia hace una distinción que pocas tradiciones religiosas presentan con tanta claridad:
"La autovoluntad sin frenos y la autoexpresión no regulada se igualan al egoísmo sin mitigación, la ausencia máxima de santidad. La libertad sin una conquista asociada y creciente del yo es una invención de la imaginación mortal egoísta. El libertinaje que se enmascara en el manto de la libertad es el precursor de la esclavitud abyecta."
— 4:1.5
Nótese lo que dice y lo que no dice. El problema no es el cuerpo, ni el placer, ni la sexualidad en sí misma. El problema es el yo sin conquistar: la voluntad que no se ha sometido al amor, la libertad que no ha pasado por el fuego del autocontrol. Eso es el egoísmo. Eso es la ausencia de santidad.
Y de manera igualmente importante, el libertinaje que se vende como libertad —sea sexual, ideológica o espiritual— termina esclavizando a quien lo abraza. La verdadera libertad nace del dominio interior, no de la ausencia de límites.
Conclusión: Reorientar la santidad
La santidad cristiana popular ha confundido el síntoma con la enfermedad. Ha combatido la expresión del cuerpo mientras dejaba intacto el egoísmo del corazón. Ha producido personas "puras" que son, al mismo tiempo, suspicaces, vengativos y carentes de misericordia.
La santidad real es otra cosa. Es la persona que confía en su prójimo, que interpreta con generosidad, que no guarda rencor, que busca genuinamente lo mejor en los demás. Es la persona que ha conquistado, no suprimido, su yo interior.
Ser misericordioso como el Padre es misericordioso: esa es la ley. Todo lo demás es letra pequeña.
No hay comentarios:
Publicar un comentario